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domingo, 4 de septiembre de 2016

Entre bailes de salón - Prólogo

-No. Esto no me puede estar ocurriendo a mí. –dijo Dante al ver ese 4’99 en el último examen de Literatura.
-¿Qué sucede, Dan? –le preguntó su amigo Adam.
El chico rebelde, alegre y divertido de ojos verdes intensos y pelo castaño con algunos rizos, ahora se encontraba serio e incluso, se podría decir, algo pálido.
-Profesor, debe haber algún error en mi examen… Por favor… ¡Necesito aprobar este examen!
-Pues haber estudiado más, señor Lianel. Esa es su nota. Y no hay más que hablar.
***
Horas después, Dante se encontraba en el comedor junto con su amigo Adam.
-Hey, tío, desde que nos dieron el examen estás super serio y aburrido… ¿Qué te pasa? No es el primer examen que suspendes.
-Hice un trato con mi madre… Dijimos que si suspendía este examen, tendría que entrar en la escuela de baile de salón y sacar el color naranja como mínimo… Ese es el grado dos… Dios mío… Voy a morir.
-¿Y por qué quiere ella meterte allí?
-Ella lleva años queriendo meterme en la escuela para que aprenda… Y yo siempre me he negado.
-Bueno, pues no le digas a tu madre la nota.
-¿Tú recuerdas a mi madre, verdad?
Adam, con su piel morena y sus ojos oscuros, asintió mientras tragaba saliva. El primer día que él entró en su casa, la madre le hizo un tour completo, le dio un banquete y le leyó todas las reglas a seguir dentro de su casa. Adam se frotó su pelo negro, despelucándose un poco.
-Y entonces, ¿qué vas a hacer?
-Pues aguantarme… Saltarme las clases… Desobedecer… Cosas así, hasta que me echen ellos, supongo.
-Está bien eso.
-Bueno, ya me tengo que ir.
-Claro. ¡Recuerda que tenemos partido dentro de dos semanas! ¡No puedes faltar!
-¡Sí, sí! –se despidió de su amigo con la mano y se montó en el coche de su madre.
***
-¿Qué tal el día? –preguntó su madre mientras conducía hasta la casa.
-Mamá… ¿Puedes no hablarme hasta que lleguemos a casa? Por favor.
-¡Eso es que te han entregado el examen suspenso! Ya sabía yo que no podrías cambiar de hábitos tú solo… Por eso ahora tendrás a un profesor particular.
-¿¡Qué!? ¡Eso no entraba en el trato!
-Uno de los profesores de la escuela me dijo que podría darte clases gratis a cambio de que entraras en la escuela de baile. Y dado que lo vas a hacer… –sonrió. Su plan había salido a la perfección.
-Creando esos planes tan malévolos y rebuscados… Mamá, a veces eres odiosa.
-Pero en verdad me quieres como madre tuya que soy. ¿A que sí, mi niño? –paró en un semáforo y le besó la mejilla.
-Sí… Vámonos a casa, por favor. No aguanto más esto…
***
Al llegar a casa, la madre anunció la noticia.
-¡Dante va a entrar en la escuela de baile de salón!
-Mamá, por favor…
-¿De verdad? –preguntó Annette, su hermana pequeña de doce años, mientras terminaba de hacerse el moño rubio para la clase de baile que iba a tener pocos minutos después.
-Sí, de verdad…
-¡Bien! Así cuando necesite practicar, lo haré contigo.
-Que te lo has creído, enana. Olvídalo.
-Ya vendrás a mí pidiéndome ayuda para los exámenes… –dijo mientras subía la escalera con movimientos gráciles.
-Cuando papá venga para comer, se lo diremos. ¡Seguro que le encanta la noticia!
-Sí, ya… Me voy a mi habitación.
-Pues ya que estás por allí podrías ordenarla un poco.
-Síiiiiii…-subió los escalones de dos en dos y se encerró en una habitación totalmente desordenada.
Los libros estaban caídos y puestos al tuntún por la estantería. La ropa sucia estaba acumulada en la silla del escritorio y en el suelo. El escritorio, lejos de estar limpio y preparado para estudiar como le gustaría a la madre, estaba lleno de folios y dibujos, junto con un portátil el cual nunca se sabía si estaba apagado o simplemente suspendido. Las paredes estaban forradas por distintos posters de grupos de música o de chicas en bikini.
Dante se tiró en la cama de un salto y se puso los cascos. De su móvil comenzó a sonar Drugs, de Eden, y cerró los ojos. No quería aprender baile de salón. Aunque su hermana fuera buena y su padre le hubiera enseñado un poco a su madre, a él no le hacía la más mínima gracia. Lo odiaba. No se le daba bien bailar, y mucho menos con una pareja.
Su madre, harta de llamarlo para que bajara a comer, entró en la habitación.
-¿Quéeeeee…?
-He dicho que a comer. Se te enfría la comida. ¡Y limpia esto, por Dios, que parece una pocilga! –bajó  las escaleras rápidamente mientras Dante volvía a cerrar los ojos.
***
-Y bueno, ¿ha pasado algo interesante hoy? –preguntó el señor Lianel.
-Hoy la profesora me ha dicho que ya puedo presentarme al examen de grado cuatro. –dijo orgullosa Annette mientras sonreía ampliamente.
-¡Eso es fantástico! ¿Cuándo son los exámenes?
-Dentro de un mes y medio. Tengo que practicar mucho y perfeccionar la técnica.
-¿Y ya sabes a quién escogerás de compañero? –comentó la madre.
-Igual que siempre, mamá, a Alex. Y él me ha dicho que me va a escoger a mí. –sonrió ampliamente.
-Me alegro de que sigáis siendo compañeros aun después de lo que pasó la última vez. Lo hacéis muy bien juntos. –dijo el señor Lianel.
-Bueno, él en realidad no tuvo culpa de que una de sus estanterías le cayera encima del pie el día anterior al examen. Pero le he dicho que esta vez tenga cuidado con las estanterías. Que aunque aprobara el grado anterior, quiero que los profes se queden con la boca abierta.
-Esa es mi niña preciosa. Y bueno, Dante, ¿tú qué tal?
-¡Él se va a apuntar a clases de baile de salón! –dijo su madre emocionada.
-¿En serio? ¡Qué gran noticia! ¡Me alegro de que al final hayas dado este gran paso!
-Oh, no. Ni lo sueñes. No voy por voluntad propia. Mamá me obliga.
-¡Eso dices ahora! Ya verás como más tarde quieres ir por el simple gusto de ir.
-Oh, claro. En tus sueños, papá. Además, de que mamá me ha puesto un profesor particular.
-Ya, lo sé.
-¿¡Y te parece bien!? Pero si tú eras más gamberro que yo en el instituto, papá, no me jodas.
-Esa boca, señorito. –su madre le miró reprochándoselo.
-Claro que me parece bien, -dijo tras una pausa- yo le di la idea y conseguí contactar con aquel profesor. Fue amigo mío en la infancia y te enseñará bien tanto una cosa como la otra.
-Sí, ya… Pero no me parece justo.
-¿Ah, no? ¿Por qué?
-Porque tú sacabas peores notas que yo.
-Claro, porque yo tenía un puesto asegurado en la empresa de mi padre. Tú, no.
-¿Y por qué no? Si le pedimos al abuelo…
-No sigas por ese camino. El abuelo no te cogerá. A mí me enseñó todo sobre la empresa, pero tú no tienes ni idea de nada. Ve desechando esa opción.
-Pero…
-Basta ya. Comamos, que se enfría la comida. –cortó el padre poniendo punto y final.

Y no se volvió a hablar del tema en toda la noche.

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